Mi madre es pintora y mi padre arquitecto
Diciembre 26 de 2018
Pero mi papá no sólo es arquitecto de casitas
de pesebres, valga la aclaración,
también ingeniero industrial de todo tipo de necesidades, es además
fontanero, electricista, mecánico de carros de pilas y cirujano de hombres
araña, supermanes o barbies. Mi papá es el héroe de sus nietos porque ,
literalmente, todo lo repara en el fogón, calienta las partes rotas y una vez
derretidas las une de nuevo, las presiona y las lima puliendo imperfecciones,
claro que en algunas oportunidades ha colocado los pies de algunos de sus
pacientes mirando hacia atrás, pero esto hace que las operaciones sean
absolutamente divertidas para sus dueños. Creo que han dejado caer a propósito
los juguetes con el ánimo de que “ el pito los arregle en el fogón”.
Es diciembre la época en que tanto
él, como mi mamá, retornan a la infancia y
hacen del pesebre su muñequero. Este año decidieron que el Niño Jesús tuviera
una morada más digna y que no pasara frío, así que le construyeron una gran
casa con una cama provista de colchón, almohada y sábanas limpias. Mi papá
renovó las casitas y puso a mi madre a que las pintara de rojo y verde. Navidad es la ocasión que más disfrutamos de lo que somos como familia, gracias a
ese entusiasmo que ellos nos han inculcado desde que tengo memoria.
Todo comenzaba con seleccionar el árbol de
navidad, pues hace 40 años no existían, o por lo menos no estaban tan
popularizados , los árboles de plástico como los conocemos hoy.
Yo recuerdo que de pronto me despertaba el
sonido que emitía el machete, que mantenía mi papá debajo de su cama, al ser amolado en
la piedra de la cocina, entonces sabía que ese era día de paseo, salíamos
saltando de la dicha hacia Sabaneta, que era, por aquel entonces, un municipio
muy, muy campestre, nada de los edificios que lo cubren hoy, predominaban las
fincas, las casitas campesinas, las carretas tiradas por las bestias (caballos)
, las vacas y las gallinas por sus calles.
Mi madre preparaba sánduches y moresco, ese era
nuestro fiambre y subíamos por cualquiera de las lomas de Sabaneta buscando el
chamizo, no existía la conciencia ambiental de hoy. Sólo pedíamos permiso en
donde nos parecía que estaba el mejor espécimen buscado y la gente siempre
decía que sí, adelante, córtelo, no hay
problema, nos respondían ante nuestra solicitud. Seguro les conmovía
nuestro entusiasmo de niños.
Comenzábamos el descenso cargando nuestro
preciado árbol como si fuera un santo de Semana Santa, llevándolo con mucho cuidado. Parábamos en cualquier manguita a comernos los sánduches y el moresco, una vez,
sólo una vez, cumplida la misión.
Nuestros chamizos preferidos eran los que
tuvieran más tallitos, pues eso nos permitiría adornarlo mejor.
Al día siguiente, lunes generalmente, metíamos
el chamizo en un tarro de galletas Saltín Noel que a su vez era forrado en
papel de regalo con motivos navideños, y se cuñaba con piedras. El árbol lo
forrábamos en algodón y le poníamos las bolitas que eran de todos los colores y
tamaños y lo rodeábamos de una instalación de luces multicolores. En la noche esperábamos ansiosos la llegada de nuestro papá, pues era
la oportunidad de mostrarle la obra que había iniciado.
El pesebre era otro atentado que haría rasgar
sus vestiduras a los ambientalistas recalcitrantes de hoy: el musgo, el papel
parafinado y el aserrín eran los materiales para recrear el nacimiento de
Jesús. Un pesebre con casitas iluminadas, pues mi papá se las ingeniaba para
introducir pequeños bombillos en ellas, había fuente con papel celofán y pozo,
entiéndase espejo, donde nadaban patos y cisnes.
Hoy extraño las marranadas en la cuadra, porque
eran la oportunidad propicia para compartir entre vecinos, olvidar conflictos y
reconciliarse, jugar hasta el amanecer, elevar globos y encender chispitas
mariposas…Entiendo que ahora hay más conciencia, pero las navidades de ahora,
de estas latitudes latinoamericanas, tienden a parecerse a las norteamericanas,
donde simplemente las familias comparten una cena, encerrados en casa y se dan obsequios.
Por fortuna mis papás siguen con sus increíbles
tradiciones, mi mamá hace arequipe, manjar blanco , natilla , buñuelos y hojuelas y los reparte entre sus vecinos y mi papá
sigue construyendo su pesebre, cada navidad, con el entusiasmo de cuando éramos
niños, sólo que ahora cuenta con el apoyo incondicional de sus más fieles
escuderos, cuatro nietos : Daniel, David, Sara y Samuel , que haciendo honor a sus nombres bíblicos, recrean y aportan al pesebre del el
pito ( abreviatura cariñosa de abuelito), su héroe, la columna vertebral de la familia, quien nos sostiene y nos mantiene unidos, y cada diciembre se encarga de recordarnos lo importante que es la unión familiar.



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