COCINANDO EN LEÑA
Sabanalarga, Antioquia,
febrero de 2021
Doña Rosa vivía en Barbacoas, Vereda del municipio de Peque en el occidente antioqueño, sus condiciones fueron restituidas por la empresa que adelantaba el proyecto hidroeléctrico. Mineaba en el Cauca, y cada dos semanas caminaba hasta Sabanalarga a vender el resultado de su trabajo y llevar de vuelta su mercadito. No le gustaban las mulas entonces eran entre 5 y 6 horas “echando pata” y suelta una carcajada cuando me lo dice. Que se venía con Ilduara, una vecinita y que igual juntas emprendían el camino de regreso, que rezaban para que no lloviera, porque de hacerlo el camino se “volvía una colada”, que una vez se le quedó un zapato en ese pantanero y no lo pudo recuperar nunca. Le toco seguir “a pie limpio”.
Si bien Barbacoas pertenecía a Peque, doña Rosa pidió ser trasladada a Sabanalarga, pues sentía que conocía mejor esta localidad.
Volvimos a las 8 de la mañana, como nos lo había pedido y nos abrió la puerta de su hermosa casita con una sonrisita en los labios, efectivamente las flores de su jardín exterior y las plantas de su patio interior estaban frescas y recién bañadas.
Al tratar con doña Rosa uno experimenta un sentimiento profundo, no es aprecio, no es cariño, no es empatía, es amor. Provoca abrazarla, consentirla, es como una niña, frágil aparentemente, dulce en sus maneras. Recordé entonces una frase que leí y que no sé ahora a quién atribuírsela: Una fuerte presencia en una débil apariencia.
Es imposible pensar que doña Rosa sea una mujer frágil o débil, pues obtener el sustento por medio de la minería en un río no es para nada sencillo: se debe madrugar mucho, para aprovechar la luz suficientemente, pero se debe regresar rápido, antes que el sol se ponga de forma perpendicular y golpee los sentidos. Se debe mover con fuerza la batea y agudizar los ojos y los dedos de las manos para aprender a separar con habilidad la tierra y la basura de las minúsculas partículas doradas.
Doña Rosa vivía en una casita de madera y cocinaba con leña, entonces también debía desplazarse hasta el bosque cercano y traer dos o tres veces a la semana “un atadito de leña” para alimentar su fogón. Y es imposible ser frágil o débil cuando se debe caminar con frecuencia unas 5 horas de ida y de regreso algo similar, para vender el oro, comprar sus alimentos y regresarse con ellos a la espalda.
La empresa que restituyó sus condiciones de vida dotó la nueva casa de doña Rosa con las comodidades que pudiera necesitar, muebles de sala, comedor, estufa de gas e implementos de cocina, tres camas y un televisor. Los del área social, que la han acompañado desde entonces, le enseñaron, por supuesto, a usar la estufa y el televisor….
Maria J, mi compañera de viaje, le
preguntó por el televisor, a lo que respondió entre risas “Ahh yo vendí eso, yo
no le vi gracia a eso”, observamos entonces unos palitos en el patio y ¡Oh
sorpresa! Un fogón de leña en el fondo, creí que estaba allí para hacer natilla
o tamales de vez en cuando, pero me respondió que no, que ella lo había mandado
a hacer porque esa estufa de gas era muy peligrosa, que tenía una llama muy
fuerte y que le daba miedo ¡Quemarse los ojos! Entendí la frase “la fuerza de
la costumbre” esa imposibilidad que tenemos los seres humanos de cambiar
nuestros hábitos, así el esfuerzo signifique comodidad.
La casita estaba impecable, limpia y organizada, no había ni una cuchara por lavar, el patio bien barrido, la separación entre las materas de cebolla parecía medida con metro y la planta más frondosa era la de hojas de Biao, que usaba con frecuencia para envolver el fiambre que llevaba cuando salía por ahí, a caminar, ¿”Porque la comida en Biao sabe muy rica cierto”? Le dije que sí, que estaba completamente de acuerdo.
El comedor lo convirtió en un altar, ahí, sobre la mesa, tiene un pequeño radio, que según me dijo “hundo aquí, en este botoncito y a las 5 me sale el rosario, lo oigo mientras me baño y me visto para salir a la misa de 6 de la mañana”. Y ese día en particular se vistió linda, con camisa y falda rosada y zapaticos blancos que cambió por calzado croc al llegar a la comodidad de su casa.
Nos despedimos de doña Rosa, de su jardín con princesas y rosamarillas, de su patio con fogón de leña, cebollas y planta de Biao. Ahora no tiene que caminar 5 horas para traer su mercado, ni estar 4 horas diarias dentro del río meciendo su batea, ahora no sufre si llueve en las noches porque sabe que el agua no se le filtrará por el techo. Ahora todos son recuerdos.
Nos dice que se siente feliz y
tranquila y que no sabe por qué, las vecinas son tan queridas con ella. Sonrío
y pienso que yo sí sé por qué, es imposible
ser de otra manera con doña Rosa.
* Fotografías de María Jeaneth Madrigal M.





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