¿ VOLVERÉ A TENERLE ENTRE MIS BRAZOS?
Sabaneta, enero de 2022
Insisto con la literatura rusa,
si usted quiere ser un buen cuentista o simplemente deleitarse y reírse mucho, no deje de leer a Chéjov o a Gógol y si desea
ser un gran novelista tiene que aprender de Dostoievski o de Tolstói, sus obras son magistrales, aunque este calificativo les queda corto.
Guerra y Paz, de Lev Tolstói, entreteje la historia de la invasión (la guerra) de Napoleón a Rusia en 1812 y los amores y desamores que esa situación obligó a vivir a sus protagonistas.
Uno comienza un capítulo y no desea parar la historia. Con detalle se describe la crudeza de las batallas, el frío, el hambre de los soldados, su situación de indefensión y, del otro lado, la soledad de las madres, esposas y novias en el silencio de sus largas noches de angustia, donde las mismas preguntas van y vienen una y otra vez: ¿Volverá? ¿Le tendré de nuevo entre mis brazos? ¿Disfrutaré de nuevo el dulce aliento de sus besos? ¿Me recordará?
Guerra y Paz es una radiografía de la crueldad de la guerra, de la inutilidad de la guerra, de la estupidez de la guerra, de la arrogancia de la guerra, de las tierras arrasadas, las generaciones perdidas, los ríos de sangre que corren en cantidades iguales a los caudales de lágrimas que se deslizan por las mejillas de hombres y mujeres que todo lo pierden.
Así habla Tolstói de Napoleón y su absurda e incomprensible decisión de invadir un Estado, Rusia, que en últimas no le había hecho nada a Francia:
Por esa ambición de imperio, Napoleón acabó con la vida de unos 300 mil franceses, 70 mil polacos, 50 mil italianos, 80 mil alemanes y cerca de 450 mil rusos. ¡Casi un millón de vidas acabadas por un capricho! Esto sin contar las pérdidas materiales, la pobreza esparcida al paso del ejército francés y las familias sometidas a las ausencias de sus seres queridos.
Napoleón abandonó Rusia, y su incomprensible campaña, cuando no fue recibido por sus gentes como él lo esperaba: con vítores de alabanza y agradecimiento por ser liberados. Para entonces los rusos amaban a su Zar. Ante la inminente llegada de los franceses a Moscú, sus habitantes abandonaron la ciudad y el Emperador sólo encontró pobreza, desolación y saqueadores, éstos últimos unidos a los soldados de Bonaparte, decidieron incendiar la ciudad de la Plaza Roja, en venganza.
Una realidad bastante similar a la nuestra, ese mismo año, 1812, estalló la confrontación entre centralistas y federalistas en Colombia, es decir además de librar una disputa con los españoles para expulsarlos de nuestro territorio, los criollos se enfrentaron entre ellos por el poder, pero bajo una excusa: unos querían ser estados autónomos, al estilo de Estados Unidos de América y otros depender de un centro, lo que somos hoy. Esas luchas por el poder fueron aprovechadas en múltiples oportunidades por los reconquistadores de la Madre Patria.
Pero, como bien sabemos, las confrontaciones internas no pararon ahí, desde el 7 de agosto de 1819, cuando se ¿selló? nuestra ¿independencia? nos venimos matando.
Sin contar las guerras con el
Perú (1828 y 1832), con Bolivia (1828), con Ecuador (1832), la guerra de los
mil días (1899), la crisis de Panamá (1885) y nuestra participación en Corea
(1950), en Colombia se han presentado 6 guerras civiles, ¿los bandos? los
de siempre, liberales y conservadores ( 1851, 1854, 1860, 1876, 1884 y 1895 )
Desde 1928 y hasta nuestros días, hemos padecido primero lo que se conoce como La Violencia, enfrentamiento entre los mismos, liberales y conservadores, pero en la ruralidad, más o menos hasta 1958 y desde ese año hasta hoy una fuerte confrontación armada entre la institucionalidad y los grupos revolucionarios de guerrillas primero y de paramilitares después. A lo anterior habría que sumarle la guerra contra el narcotráfico (desde 1980) y el enfrentamiento con las actuales bandas criminales. Creo que no hay en el mundo una nación con una trayectoria de guerras internas tan robusta como la nuestra.
¡Me pregunto cómo no hemos logrado con el propósito de acabar con nosotros mismos!
Sólo en este último periodo, 1958 a 2018, la suma de estas violencias dejó un saldo de 262 mil muertes inútiles, aclaro que no considero ninguna muerte útil, y más de 7 millones de personas desplazadas. Y según cálculos, porque no hay registros precisos, la suma de las guerras civiles le cegaron la vida a más de 150 mil colombianos, sembrando dolor en el mismo número de familias.
Y como si esto fuera poco, desde
hace unas dos décadas, un personaje en Colombia ha decidido comportarse como
Napoleón y ha incendiado, como nunca, el corazón de los colombianos para darle combustible
a ese irracional propósito de matarnos mutuamente. ¡Tuvo incluso la maravillosa
capacidad de emberracar a la gente para que dijera no a un acuerdo de
paz! Como si no estuviéramos cansados de tanta sangre derramada demencialmente.
¿La razón? Como no pudo él, nuestro emperador criollo, acabar con LAFAR,
como lo había prometido en campaña, le molestó que su sucesor elegido, que
rápidamente se le salió del redil, lo hiciera en una mesa de diálogos.
Las consecuencias de ese odio son la pobreza, la inequidad, el arrasamiento, la incertidumbre, la desesperanza, ríos de lágrimas, miles de lápidas, de huérfanos, de viudas, de madres y padres sin hijos, hermanas sin hermanos, amigos sin parceros y un continuo dolor en el alma que aprisiona el pecho en las interminables noches de las víctimas, con esas preguntas que profundizan el sufrimiento: ¿Por qué no está a mi lado? ¿Por qué no lo abracé más? ¿Por qué no le dije más veces te quiero? ¿Por qué no hice de los besos nuestro alimento diario?
En mi continuo trasegar por zonas
en conflicto del país, encuentro una enorme mayoría de hogares con mujeres a la
cabeza, que con manos, pies y dientes defienden, solas por supuesto, lo que les
deja la guerra: hijos que formar… con el
miedo presente, en cada instante de los días y las noches, a que sean
reclutados por un grupo armado al margen de la ley, a que los maten o a que ellos, cansados de buscar oportunidades que
no existen, como educación de calidad por ejemplo o empleo digno, decidan
ingresar a un grupo ilegal y así continuar este espiral sin fin de la incomprensible
guerra colombiana…
Esta Nación ensangrentada, con ríos como depósitos de cadáveres, campos convertidos en cementerios de fosas comunes y casas llenas de fotografías cruzadas de cintas negras, sólo logrará ver la luz de la paz cuando cada ciudadano permita germinar en su corazón la semilla de la paz, cuando comprenda el dolor del otro y en el otro, cuando no se deje emberracar, ni encender, cuando sea consciente de la imbecilidad, inutilidad y estupidez de la guerra.
La paz en Colombia sólo
será posible desde el firme propósito individual de cada colombiano.
Maravillosa columna como siempre mami, aplaudo lo tesa que eres para hacer reír, reflexionar o conmover con tu pluma ( en este caso teclado ) gran analogía, lo del napoleón criollo, lastimosamente nos rodean, e impulsan a seguir el derramamiento de sangre, que tristeza, ¿cuando dejaremos de matarnos?
ResponderEliminarMi cielo gracias por estas reflexiones tan atinadas de tu parte. Tu y tu generación tienen la misión de cambiar este viejo y sangriento país que les estamos heredando
EliminarCómo siempre un placer leerte, la cruda verdad que se ve en nuestro territorio, que falla que sea política de estado el permitir todo esto!
ResponderEliminarGracias Andrés por tu tiempo y tus opiniones, desde tu actual labor puedes empezar a cambiar muchas cosas
EliminarSandra, maravillosa y triste analogía. Como siempre un placer leer tus escritos.
ResponderEliminarNada justifica la guerra!!!!
Gracias por el tiempo dedicado, es cierto nada justifica tanta guerra, tanto dolor, tanto conflicto...Un abrazo
EliminarMil gracias Sandra por retratar la dura realidad colombiana. Gracias por espacir desde tu pluma la semilla de la esperanza.
ResponderEliminarGracias por su tiempo don Oswaldo, todos, de nuestras actividades, podemos generar el cambio, basta tener la disposición. Un abrazo!
EliminarSandra: Acabo de leer tu texto. Se me antoja que tienes ahí una especie de polifonía. Vi, primero, una lección de literatura a propósito de los escritores rusos y un libro en particular, pero la lección se fue transfigurando en una clase de historia que alude al largo, eterno recorrido de violencia que sacude a nuestro país y la condición execrable y el destino inane de todas las guerras. Pero entonces tomas una posición al lado de la justicia y señalas a los responsables más contemporáneos de ese fratricidio que nos agobia. Propicias la reflexión. Haz expresado siempre el sueño de ser escritora y no te reconoces como tal. Quiero decirte que estás lista, que ya puedes empezar la búsqueda del tono y las temáticas, el resto llegará por añadidura. Felicitaciones!!!!
ResponderEliminarJumm después de este comentario quedé como levitando...mil gracias, la opinión de alguien con su intelecto don Morales me deja sin palabras. Mil y mil gracias. Un abrazo!!
EliminarSoy del tipo de lectores que no lee, sino que se transporta en la historia, mira a los ojos al narrador y en las inflexiones de su voz enfoca la mirada en los detalles. Me sorprendió no ver a Sandra Jaramillo, ni escuchar su voz. La historia se materializó en la figura del fiscal de la Corte Penal Internacional de la Haya, leyendo el Preámbulo del juicio al Maquiavelo criollo. Su exc. Karim Khan, pausado y en un inglés diáfano, citando a Tolstói describiendo los excesos del Napito paisa, criminal de cuello blanco despiadado y sin escrúpulos, subyugdor de una nación trabajadora, para beneficio suyo, de sus políticos cómplices y de la narco mafia más sangrienta de la historiade latinoamericana.
ResponderEliminarSandra, tu erudición y objetividad a la hora de contar son deliciosas. Que tu creatividad no mengúe, que la objetividad siga siendo tu sello personal. Abrazos
Ayy la verdad si que me lees. Lees hasta lo que no escribo o acabo de borrar. La justicia es vital en todo proceso de reconciliación, pero paralelo a ella, lo que debemos aprender es a perdonarnos y a no dejarnos encender. Gracias por tus valiosas palabras y por supuesto por tu tiempo. Un abracito
EliminarSandra, buenas noches. Excepcional crónica. Empleas un estilo único, para llevar el lector a través de la literatura universal de forma amena y así desembocar en nuestra triste realidad. Un abrazo fuerte.
ResponderEliminarSi, una triste realidad, mil gracias por tu comentario y el tiempo dedicado a la lectura.
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