CARUPIANA FUNDADORA
Carupia,
Cáceres, Antioquia.
Llegamos a Carupia, Resguardo
indígena de Cáceres, Antioquia, la sonrisa de Rosmery me iluminó el alma, su
cálida y desprevenida bienvenida, su abrazo espontáneo, su voz dulce y ese inconfundible
acento Emberá me hizo volver atrás en el tiempo…
Cuando tuve uso de razón, es decir como 3 años, comprendí que los dos periodos de vacaciones escolares la pasábamos de forma alterna entre Dabeiba en el occidente antioqueño, donde vivía una tía materna y unos primos díscolos, indisciplinados y por tanto divertidos y Anserma, en el departamento de Caldas, donde el orden, que imponía la cultura cafetera, era la nota predominante.
Las vacaciones entre junio y julio eran en Dabeiba, allá nos bañábamos al mediodía, podíamos saltar de la cama a la quebrada de Antadó o Choromandó sin problemas, tirarnos con la ropa que llevábamos puesta y dejarla secar al sol por el camino pedregoso de regreso, no había televisión, ni teléfonos en cada casa. En las noches, siendo niños, podíamos jugar en la calle hasta la media noche y cuando nos alcanzó la adolescencia, bailar en la única discoteca, Macondo primero, Quininchú, después, hasta la madrugada. Dabeiba era un delicioso y caluroso desorden.
Mi primer contacto con los Emberá Katíos fue en Dabeiba, me deleitaba escuchándolos hablar, porque no les entendía nada, y en especial me encantaba ver a las mujeres, que por aquel entonces, hace unos 40 o 50 años, aún no se habían dejado influenciar por la nefasta mano de la Madre Laura, que les cambió sus creencias espirituales, les infundió el pudor por el cuerpo, de allí que aprendieron a vestirse distinto y les enseñó el Español, entonces las nuevas generaciones poco hablan hoy su Lengua nativa.
Antes de esa irrupción, las Emberá sólo se envolvían una manta en la parte de abajo de sus cuerpos, es decir se cubrían desde la cintura y más o menos hasta las rodillas, los pechos estaban a la vista de todos. Eran francamente hermosas esas indígenas: Un color de piel moreno claro, ojos rasgaditos y muy negros y unos cabellos largos, abundantes, absolutamente lacios y de un color azabache intenso.
Más adelante, cuando tuve más uso
de razón, me decía que era comprensible ese violento mestizaje que se dio
en Colombia. Las indígenas resaltaban,
aún más, su belleza con los adornos: collares de vistosos colores, aretes
inmensos y narigueras con figuras de animales o plantas
Los indígenas, hombres y mujeres, llegaban a Dabeiba todos los domingos desde la madrugada, las mujeres desplegaban sus ventas en una estera: Canastos, chinas (abanicos hechos de iraca), aretes y collares de novedosos diseños. Mientras mirábamos la mercancía algunas se dedicaban a pintarse, y eso era otro espectáculo, porque se hacían hermosas figuras en su piel, no sólo en el rostro, el cuerpo entero era un lienzo para ellas.
Al final del día, los esposos recogían el producto de las ventas de ellas y compraban sal y arroz. Dabeiba tomó su nombre de la diosa Dabaibe, que, según el mito, fue quien les enseñó a tejer, a esculpir y a sembrar.
Hace poco tuve la fortuna de
entrar en contacto con otros Emberá, en esta ocasión de la casta Chamí. Rosmery Carupia, nacida en Cristianía,
Resguardo Indígena de Jardín, Antioquia, mujer dulce y amable, me contó por
qué, su comunidad y la institucionalidad, la reconocían como la FUNDADORA del
Resguardo Indígena Carupia, en Cáceres, Antioquia. Resalto fundadora, porque
fundar algo, lo que sea, no es sencillo y menos para la población indígena de nuestro
país, que ha sido diezmada, desplazada, golpeada, humillada, arrinconada y
aniquilada.
A Rosmery siempre le preocupó la situación de sus familiares, regados por muchos pueblos de Antioquia, con una vida precaria, en algunas oportunidades pasando hambre, incluso. Entonces decidió asesorarse y a través de la gerencia indígena de Antioquia conoció la importancia de organizarse. En la Alcaldía de Cáceres le recomendaron hacer una especie de censo, lo hizo, sin mayores conocimientos al respecto y ese censo dio como resultado que ella, sus hijas y familiares cercanos conformaban una comunidad de 23 familias.
Envió una solicitud al Ministerio
del Interior y éste, después de mucho trámite, como me dice ella, les otorgó una finca, ahí en Cáceres, tierras inhóspitas, sin nada sembrado y con mucho
lodo por todas partes. Sin embargo, convenció a sus familiares de habitarla.
Llegaron en una temporada
invernal, que además de frío les sacaba lágrimas, pero Rosmery persisitió,
solicitó ayuda de nuevo en la Alcaldía que les envió unos plásticos, hicieron
entonces unas casuchas, comenzaron a cultivar y a tener animalitos, me cuenta ella, que quiere decir vacas, cerdos y gallinas.
Rosmery se enteró que la empresa de servicios públicos se estaba reuniendo con las comunidades de los municipios de la zona y acudió a ellos, les contó de sus penurias y, en especial, de la necesidad de viviendas dignas.
Unos señores y unas señoras muy amables, me dice, los visitaron y les pidieron que cada uno pintara la casa de sus sueños, casualmente todos pintaron la misma casa. Meses después recibieron la noticia que les llegó, literalmente, como caída del cielo: les construirían 18 casas, porque de las 23 familias 5 se marcharon cansados de padecer tantas necesidades.
Así que nos encomendaron, a mi equipo de trabajo y a mi , registrar el acontecimiento de la entrega oficial. Me emocioné desde que pisé el Resguardo, todos estaban vestidos de domingo, en especial Rosmery, que abrió el acto dándonos la Bienvenida en su Lengua nativa. Se me salieron las lágrimas, hubo palabras de muchas personas, nos obsequiaron una hermosa manilla y nos recibieron con Chicha, que me mareó un poco, aunque repetí varias veces.
El acto se
cerró con una muestra de baile autóctono por parte de unas chiquitas hermosas
que representan las nuevas generaciones de esta comunidad.
Rosmery será por siempre la Fundadora del Resguardo, que en honor a ella lleva por nombre su apellido: Carupia, pero ya delegó en una de sus hijas la Gobernación pues, según me dijo, ahora hay que saber de mucha tecnología.
Y ella sin saber mucho de tecnología logró, en años, con terquedad, fortaleza y fe, tener un territorio, escuela, casas cómodas y vía carreteable desde la cabecera de Cáceres a su Resguardo. Ellos, como otras comunidades, se declaran un territorio de paz, donde no debe ingresar ningún actor armado, tienen una guardia indígena encargada del orden y un semillero de chicos que comienza a aprender del oficio.
Ese día las mujeres aprovecharon para vender sus hermosas artesanías, donde me sorprendió, una vez más, la aplicación de conocimientos profundos en etnomatemáticas y etnogeometría a sus novedosos y creativos diseños. Los jóvenes, por su parte, prepararon unas refrescantes micheladas con una fórmula que cualquier bar citadino envidiaría
Y así, ese día de fiesta en
Carupia, de celebración y entusiasmo, participamos de la alegría de una comunidad,
a quien por fin, y luego de mucho trabajo y persistencia, se le comenzó a devolver
lo que se le arrebató desde hace más de
500 años : su dignidad.






Que belleza de historia. Los Carupia son agradecidos, nobles y bellas personas. Que nota que pudiste registrar esta bella historia.
ResponderEliminarHeidy querida todo fue gracias a tu persisitencia, fue un día hermoso, sin duda!
EliminarQue bella crónica felicitaciones Sandra por rescatar con tu voz tanta belleza
ResponderEliminarGracias por tu tiempo y por lo que expresas
EliminarMe encantó el relato que nos cuentas en esta oportunidad, desde hace mucho me siento identificado con los indígenas y su manera de convivir con su entorno y el respeto que tienen por la naturaleza o (madre tierra)!
ResponderEliminarEsa es la idea Andrés, reconocer y respetar su cultura y ancestralidad. Gracias por tu tiempo!
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