CUANDO LE TOCA AL POBRE
Hubo fiesta en Pensilvania y en
Santa Bárbara también…porque en el campo es así, todo se celebra por pequeño
que parezca el acontecimiento. Pensilvania y Santa Bárbara son dos veredas del
Corregimiento Puerto Valdivia, de Valdivia, Antioquia, allí la construcción y
entrega de dos restaurantes escolares y las mejoras en sus centros educativos
rurales, fueron motivo de fiesta comunal, de encuentro, de baile, de sancocho,
de alegría, de jolgorio.
Entonces viajé lejísimos, a mis
años de infancia y recordé lo que fue vivir y crecer en Itaguí hace unas
cuatro décadas. Por aquella época no se vivía en Itaguí…se padecía este
municipio, que llegó a ostentar el apelativo de ciudad industrial de Colombia, allí el agua potable era protagonista, pero por su ausencia, también se sufría
por el agua turbia, que llegaba de vez
en cuando, no era apta ni para el consumo humano y ni siquiera para el consumo
del baño, había que hervirla, por largo rato, para poder trapear la casa con ella.
Padecer Itaguí, hace muchos años,
era también vivir en medio del polvero de las calles en verano y del pantano de
las mismas en invierno…Así que cuando
por fin hubo acueducto decente y pavimentaron la calle principal de nuestro
barrio, todos salimos a montar en patines, cicla, patineta hasta muy entrada la
media noche, los que no tenían como deslizarse, caminaban de arriba a abajo,
fue todo un acontecimiento, pero no pusimos globos en la casas, ni hubo
sancocho comunitario, ni música, ni baile.
En el campo colombiano es todo lo contrario.
Enseñados como están los campesinos a
recibir poco de bienestar pero sí en cantidades alarmantes despojo, desplazamiento, maltrato, violencia,
abuso, en diferentes formas, cuando por
fin el Estado o una empresa privada les
entrega una escuela, un acueducto, electrificación, un camino o un
puesto de salud, la comunidad en pleno se reúne, hacen ir al párroco a bendecir
la obra, organizan encuentros deportivos, llevan lo que tienen y hacen un almuerzo comunitario, ponen música
para que se escuche en los alrededores, bailan y organizan un bello acto cívico
para celebrar que los niños tendrán escuela decente, una cancha donde
entretenerse o la luz para tomar refrescos, cervecita helada, cargar los
celulares o bailar sin que la música dependa de las pilas.
En las veredas Pensilvania y
Santa Bárbara la fiesta se dio por cuenta de dos sencillas, pero significativas
obras: la construcción de los restaurantes escolares de sus centros educativos,
en Pensilvania se beneficiarán unos 20 niños y en Santa Bárbara 16.
Los restaurantes quedaron separados de los salones, con despensa para almacenar los alimentos sin que sean asaltados por roedores, con estufas de gas, nevera, barra entre la cocina y el comedor, mesas, sillas y amplias ventanas que hacen de los momentos en el comedor agradables y frescos.
Nataly López, de la vereda Santa
Bárbara, hizo suya la tarea de administrar el comedor escolar, entonces está feliz,
pues antes no disponían si no de una habitación, en ella se las arreglaban
para hacer caber cocina, sillas y mesas. Ahora hay comodidad, de alguna manera
se dignifica la hora en que los niños consumen sus alimentos. Hasta ahora, me
dice ella, de la administración local les han cumplido con los víveres para el
refrigerio escolar, su comunidad, me dice también, complementa con otros alimentos,
para lograr refrigerios aún más nutritivos para los estudiates. Todos saben que esto impacta, de manera
directa, la calidad de la educación y entonces se asegura así, un mejor futuro
para niños y adolescentes.
El día de la entrega oficial
todos, además de felices, estaban preciosos, los niños y niñas con sus mejores
prendas, las chicas con unos peinados tan elaborados que calculo sus madres o
tías debieron levantarse a las 4 de la madrugada a hacerlos, y ya quisiera un
estilista de estrellas de la televisión o el cine, tener tanta habilidad y creatividad.
Los hombres con sus sombreros bien ajustados y los ponchos al cuello haciendo
juego con sus pantalones. Las mujeres con sus blusas coloridas y botas o tennis
impecables.
Había globos y cintas de colores
por todas partes, el sancocho estuvo justo al medio día, nos invitaron a
almorzar. Allí, compartiendo entre gente tan bella, tan humilde y agradecida
deseé, infinitamente, más escuelas, más caminos veredales, más restaurantes
escolares, más calidad de vida en el campo, para poder tener la excusa de más y
más días de fiesta entre mis queridos y admirados campesinos colombianos.




Campesinos de admirar y dignificar en escritos como este de doña Sandra que nos retrata la vida maravillosa, fresca y mágica de su entorno.
ResponderEliminarEyyy que bonito comentario! Gracias por leerme. Un abrazo
Eliminarcomo siempre hermosas tus crónicas mami, brindo por eso, por más fiestas en el campo, y más rumbas que sean sinónimos de progreso, ya sea por un restaurante, un colegio o un hospital.
ResponderEliminarGracias mi cielo por tus palabras, tu tiempo y tus lindos deseos.
EliminarGracias por acercarnos siempre a la realidades que percibimos tan lejanas a nuestros entornos, pero sobro todo, por generar, a través de tus crónicas, la necesidad de reflexionar sobre el valor que le damos a lo mucho que tenemos y volvemos paisaje. ¡Es necesario, como ellos, festejar más la vida y valorar lo que a simple vista nos parece paisaje!
ResponderEliminarEs asi, festejar la vida! Qué hermoso aporte. Gracias por su tiempo. Un abrazo!
EliminarNiña como siempre tus historias tan divertidas y conmovedoras, para disfrutar y también reflexionar. Cómo dices que rico sería celebrar por todo ya que la vida es un ratito. Que Dios te siga bendiciendo e inspirando en todas tus salidas a conocer esas lindas historias de vida.
ResponderEliminarTan bella! Gracias por leerme, compartirme. Esas historias las vamos construyendo entre todos. Cada instante es motivo de ser registrado y celebrado, por cada oportunidad que la vida, generosa, nos obsequia!
EliminarComo siempre Sandra mi admiración por tus crónicas y me uno a tu deseo de que haya más restaurantes comunitarios, más escuelas y hospitales, por los cuales celebrar en el campo. Mi reflexión hoy es que ya nosotros no celebramos los pequeños detalles sólo porque hemos perdido la capacidad de asombro y también el sentimiento de agradecimiento. Todo nos pasa por delante y lo vemos tan obvio y las buenas obras de los demás hacia nosotros las consideramos simplemente que las merecemos. Que hermoso es vivir en el campo donde las personas agradecen todo y le hacen fiesta a todo, inclusive a un derecho fundamental como es la educación y la alimentación, mis respetos para los campesinos.
ResponderEliminarEs exactamente así como lo dices, perdemos tristemente la capacidad de asombro. Tenemos muchas deudas con el campo colombiano, hora de irnos poniendo al día.Un abracito y gracias por tu tiempo.
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