LA VIDA EN UNA FOTOGRAFÍA

 



Hay frases que de tanto usarlas van perdiendo su esencia, no digamos su significado, para el caso de hoy me refiero a “quién no conoce la historia está condenado a repetirla”, creo que hace alusión a no cometer  en el presente los errores del pasado, porque en definitiva a mí me encantaría repetir ciertos capítulos de mi historia: los encuentros decembrinos con primos, el primer paseo en tren a conocer el mar, el exquisito sabor del arequipe de mi abuela, los paseos a un charco en el occidente de Antioquia llamado Choromandó o los juegos en el barrio cuando era chica y bastante despreocupada.

Y hay pasajes de la historia de su pueblo, El Santuario, en el oriente antioqueño, que Omar Botero se niega a dejar en el olvido. Sin el encargo de nadie, por puro amor al arte, decidió rescatar los archivos de dos o tres fotógrafos de su municipio que estaban condenados a desaparecer, a los cuales sus descendientes no les habían dado ninguna importancia, alguien hasta llegó a decirle: “Ay sí, llévese esa basura, no sabemos qué hacer con eso”.

Y Omar sí sabía qué hacer con ellos, comenzó a clasificarlos sin saber de técnicas especializadas de limpieza o preservación. Por el abandono al que estaban sometidos esos archivos y el tiempo transcurrido, sin mínimos cuidados, Omar varias veces vio afectada su salud, pues los hongos y las bacterias pululaban en medio de los rostros y las sonrisas de quienes se negaban a ser sepultados en los recuerdos de familiares y vecinos. 

Encontró negativos y fotografías impresas en papel, llegó a acumular algo así como dos millones de registros y los organizó como su instinto le indicó en principio: matrimonios, primeras comuniones, funerales, reuniones familiares, grados, en fin.

Las fotografías impresas daban cuenta de las precarias condiciones de algunas familias, que como lo dijo un amigo: “Es que la gente se casaba o llevaba a los hijos a hacer la Primera Comunión, contrataban la foto, pero se les olvidaba que eran pobres y no tenían con qué reclamarla después”. Esa primera evidencia fue uno de las tantas y tantas historias que Omar comenzó a tejer en esa urdimbre de rostros, escenarios y acontecimientos.

Fue así como decidió organizar la primera exposición fotográfica de su municipio, que financió de su propio bolsillo y sólo con el apoyo de algunas entidades locales.

Gracias al párroco de la iglesia católica del parque principal, hizo uso de uno de los pasajes laterales de  ésta   y realizó una selección de fotografías que imprimió en gran formato, escogió, según su instinto, matrimonios,  panorámicas del municipio,  primeras comuniones,  campesinos,  grados de las instituciones educativas del Santuario  y otras que parecían indicar eran personajes prestantes de la comunidad.

La exposición estuvo exhibida por un mes y la romería que llegó a El Santuario por aquellos días fue excepcional, no sólo viajaron personas de municipios cercanos, se desplazaron hasta de  otras ciudades del país y, santuarianos que estaban en el extranjero,  armaron paseo  con la curiosidad de conocer a sus antepasados, ante la alerta de algún conocido que les comunicaba  que, su abuelo o bisabuela, estaban expuestos en  grandes fotografías en el parque.

En esa fabulosa exposición  los santuarianos se descubrieron, supieron cómo eran y por qué eran así. Conocieron el parque de su localidad en los inicios  del Siglo pasado, el primer campanario de la iglesia y cómo se vestía la gente  los domingos para ir a misa. En ese municipio, de clima más bien frío, vieron que la ruana era una prenda infaltable, en especial en la ruralidad y ni qué decir del sombrero, presente  en todos los hombres.

Se rieron de los peinados de antes, de los tacones en los zapatos de hombres y mujeres, admiraron los diseños en las prendas de vestir, los guantes y los sobreritos femeninos, la fastuosidad en algunos matrimonios, la sencillez en otros, los rostros de santidad en los niños que recién hacían la Primera Comunión  y la emoción de quienes obtenían grados en la única institución educativa que había a principios del Siglo XX en El Santuario.

Pero lo que más asombró a Omar fue descubrir a un hombre frente a una fotografía que no paraba de llorar, secaba sus lágrimas y de inmediato éstas acudían de nuevo a sus ojos, lo observó un largo rato y al final se atrevió a preguntarle  si la persona que observaba era un ser querido, el hombre le dijo que se trataba de su padre, que alguien le había dicho que  una fotografía de él estaba en la exposición y sin pensarlo viajó a El Santuario con una emoción palpitante entre pecho y espalda.

Omar le preguntó que si hacía mucho había muerto, pero el hombre le dijo que nunca lo había conocido, su padre se había suicidado cuando su madre  apenas lo esperaba en el vientre. 

El visitante, santuariano por supuesto,  le confesó que por años un pensamiento lo había atormentado: saber cómo había sido su progenitor y  que por fin, gracias a esa fotografía, ahora le pondría rostro a una sombra, desde ese momento tendría, por lo menos, un recuerdo de él.

En esa labor, de dos décadas, Omar encontró verdaderos tesoros en bellísimas fotografías en blanco y negro que hoy a todos transportan a esa época en la que sí pareciera que todo tiempo pasado fue mejor.

Pero como todo Quijote, todo héroe que se entrega a una causa, todo redentor que intenta hacer algo por los demás, Omar también fue, literalmente ¡crucificado! Y de recibir agradecimientos y palmadas en el hombro de felicitación, que es lo único que ha recibido, también pasó a ser  perversamente juzgado, malinterpretado y asaltado en su buena fe.

Sin embargo, Omar no cejó en su objetivo, no se echó para atrás y menos se lamentó, su empeño estaba y está por encima de todo eso, siguió adelante con su determinación de esculcar en esos negativos para encontrar y  reconstruir esa historia santuariana que él se negaba a dejar sepultada en cajas.

Y ese municipio reconocido en Antioquia como una de sus despensas agrícolas más importantes, que tuvo la oportunidad de saber parte de su pasado y reconocerse en sus héroes, supo, gracias a Omar, que los dos humoristas más importantes de este departamento en las décadas del 70 y del 90 respectivamente, Guillermo Zuluaga, Montecristo y Crisanto Vargas, más conocido como Vargasvil, eran orgullosamente santuarianos, que el presbítero Ramón Arcila, célebre por la devoción a María Auxiliadora en Sabaneta y a quien se le han atribuido milagros, también había nacido en ese municipio.

Y las nuevas generaciones de santuarianos entendieron  por qué había una pequeña casa antigua conservada en una de las esquinas de su parque principal, con una escultura del admirado José María Córdova, el héroe de Concepción que se rebeló contra la dictadura de Simón Bolívar y que fue asesinado por el oficial Ruperto Hans, irlandés. A esa casa acudió en busca de auxilio Córdova, después de ser herido en la Batalla de El Santuario, hasta allí lo persiguió el oficial y le dio muerte cuando el héroe de Ayacucho se encontraba en total indefensión. 

Descubrieron también que esa vocación comercial, que lleva a que  en El Santuario haya un negocio en cada casa, ha sido una condición genética, pues hay en sus antepasados mucho de sangre árabe y turca, de allí esos rasgos particulares en las fotografías que poco a poco fueron dándose a conocer.

Así como encontró detractores, por fortuna Omar también recibió apoyo y el reconocimiento a su trabajo apasionado y desinteresado. Un grupo de empresarios de El Santuario decidió abrir un Museo en una tradicional y restaurada casa, ubicada en las afueras del municipio, y le propusieron a Omar dirigirlo y rescatar todo lo que tenía que ver con sus tradiciones, vocaciones, costumbres, usos, maneras y, por supuesto, historia. Así nació Aurum, que significa oro en latín y que tiene dos bellísimas traducciones: resplandor del amanecer o Aurora brillante.

Y así, exactamente así, en Aurum la historia de El Santurario comenzó a brillar. Quienes visitan este museo encuentran una habitación matrimonial, tal cual eran éstas  hace 100 o 200 años, decorada según Omar encontró en algunos retratos. Allí hay una pequeña exposición fotográfica de matrimonios, donde se aprecian los bellísimos vestidos y tocados que algunas de las novias mandaban a traer de Europa o que expertas modistas confeccionaban por encargo. 

Hay una sala en la que no puede faltar un piano, el comedor da cuenta del tamaño de las familias antioqueñas: 16 puestos, hay una pequeña capilla y una pared que muestra cómo eran las lápidas que decoraban las tumbas del cementerio, justo en esta parte de la casa hay fotografías de muchos funerales, pues, según descubrió Omar, los retratos en esos eventos eran más comunes de lo que nos podemos ahora imaginar.

Y hay, por supuesto, un lugar que ejemplifica la actividad comercial que caracteriza a todo santuariano: una réplica hermosa de un almacén de telas.

¡Y ocurrió el milagro! Muchas personas comenzaron a donar elementos que tenían en sus casas y que por fin entendieron su valor: radios de principios del Siglo pasado, relojes de pared, palanganas, libros antiguos, baúles, utensilios de cocina, camas bellísimamente talladas, retratos de antepasados de su familia , tendidos hechos de retazos, máquinas de coser y de escribir, en fin…Aurum es hoy el mejor lugar para saber quién es, de dónde viene y hacia dónde se dirigen los pasos de un santuariano, pues es el municipio del oriente antioqueño con mayor índice de  migración.

Y así de rescatar negativos como una simple afición o curiosidad histórica, gracias a Omar Botero, hoy El Santuario va entendiendo mucho de su presente, pero quizás, lo más importante, ha sido sentirse orgulloso de su pasado, descubrirlo, enaltecerlo, honrarlo y preservarlo.

 

 

Comentarios

  1. Formidable la crónica. Quedé con las ganas de saber cuál era el argumento de los detractores de Omar.

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    1. Hola don Morales, los detractores se sintieron violentados en su intimidad, nada más lejos del tratamiento y respeto con que Omar Botero ha realizado este trabajo. Otros robaron su material y lo publicaron en redes sociales sin permiso alguno y sin misericordia, sin contexto, sin nada! Pero por fortuna Omar sigue adelante y hoy cultiva los frutos de su hermosa pasión por la historia acuñada en fotografías. Gracias por su tiempo!

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  2. Maravillosa la labor de Omar y la sentida semblanza que nos hace doña Sandra en su estilo característico. Antioquia y sus montañas, sus costumbres, el origen de nuestras realidades y los recuerdos inolvidables de nuestra gente. Una foto dice más que mil palabras. Dependiendo de la foto y las lecturas que permita. Me anima Sandra a seguir retratando el presente de mi pueblo. Fotografiando, divulgando y promoviendo aportes y comentarios con casi 17.000 integrantes en más de 15 años en mi grupo público en facebook "Sabaneta mía". Gracias doña Sandra.

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    1. Don Oswaldo!!! por supuesto que ánimo a seguir coleccionando recuerdos! Sabaneta es otro vivo ejemplo de que lo contemporáneo no está dejando espacio a lo esencial de la historia...

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  3. Querida Sandra que bonito que este personaje si ton ni son sacó de lo sepultado historia, aspecto importante conocer, imagino el asombro de generaciones nuevas que hoy han comprendido algunos porque. Tu visivilizando esas azañas de personajes que viven habitandose en los instantes, unos artistas.
    La fotografia a blanco y negro para mi es evocacion.

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    1. Si, pura evocación! Gracias por tu comentario, tu tiempo y esa linda sensibilidad!

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  4. Magistral! Un relato lleno de nostalgia y de lo que significa tener persistencia y pasión por lo que se quiere y se disfruta. Es una buena crónica qué nos recrea para los que pasamos de los 60, salpicada con esa buena sazón narrativa como lo sabe hacer doña Sandra. Suena paradójico, pero el olvido será más fácil en nuestra era digital qué épocas anteriores. El discurrir de la vida moderna es efímero y ya nada causa asombro, vivimos el mundo líquido que visionara Zigmund Bauman. Todo es volátil y pasajero en la era digital, de allí lo valioso de mantener viva nuestra historia en los libros, las fotografías, los cuadros, los escritos y de aquellos bienes y utensilios que fueron parte de una generación que marcaron nuestra historia.
    Leo con fruicion las crónicas de Sandra y quedo con ansiedad de que se venga con otra, de esas que nos sacuden el corazón y la consciencia, vibrantes unas, nostálgicas otras y las que están condimentadas de la picaresca colombiana. Gracias doña Sandra por compartir.

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    1. Gracias por su tiempo. Dice usted algo muy esclarecedor: Lo digital nos está matando los recuerdos. La tecnología no parece contribuir al tener presente " de dónde venimos" y ni siquiera nos deja claro el " hacia dónde vamos". Un abrazo y gracias mil por su extenso y rico comentario.

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  5. Niña como siempre quedo fascinada con cada una de tus crónicas y esperando la siguiente. Eres una maravillosa escritora y nos haces adentrarnos en cada historia. Me tocó las fibras porque he valorado muy poquito las cosas antiguas.

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  6. Gracias mi niña por estas palabras, por tanto amor, por el tiempo y por ser la mejor hermana del mundo. Un abracito

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  7. Me encantó tu relato, me emocionó demasiado leerlo, como hacía mucho tiempo no me tocaba un escrito. Gracias por compartirlo, es una manera de volver a dar vida a quienes ya no están, y honrar nuestro pasado. Te mando un abracito mi Sandris. Escribe más seguido por favor

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    1. Hermosa!!! Gracias a ti por compartir tus sentimientos y emociones. Un abracito de vuelta.

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