Cartas de amor por encargo 



Querida María Maitte:

Mil gracias por tus intensiones de unirnos en un encuentro, después de casi tres  décadas …je,je,je, pero sabía que Luz Dary no aceptaría. Nunca te enteraste del porqué se rompió nuestra amistad a tan sólo unos meses de graduarnos, yo no te conté  por la vergüenza que sentía en aquella época y Luz porque no se atrevió a confesarte que ella era una de mis clientas en ese negocio que ustedes tanto me criticaban.

¿Recuerdas el negocio? ¿El de escribir las cartas de amor a los novios de las demás compañeras  a $ 100 la hoja de cuaderno?  ¿Recuerdas que tú en especial me sermoneabas porque si el chico respondía, ya mi carta  valía $ 120 la hoja? Ahora ambas podemos reírnos de eso. La verdad a mí siempre me causó risa ese negocio, y lo disfruté mucho, hasta que fui víctima de él. Escribir cursilerías fue mi única y gran  habilidad en el Colegio.

Todo comenzó cuando alfabeticé en la Biblioteca de Sabaneta, debía cumplir las reglamentarias 80 horas, iba los lunes, miércoles y viernes de 3 a 6 p.m. Luego del colegio. Cuando terminaba mis labores, que no eran otras que acomodar los libros que la gente dejaba en las mesas, forrar en contac los que estaban muy viejos y hacer préstamos llenando la fichita de la parte de atrás de cada texto, me ponía a hacer las tareas y por supuesto a cumplir los encargos que tuviera para el día siguiente.

Siempre que estaba en éstas se me acercaba un chico, era simpático, pero a mí me parecía demasiado delgado, tenía facciones de negro, pero era muy blanco, su cabello era completamente ensortijado y tenía unos inmensos ojos cafés. Al principio me comporté muy distante, como era yo por aquella época, pero poco a poco me fui ablandando, porque era muy caballeroso.

Un día se acercó sin que yo me percatara y luego de un rato de observarme en la tarea de escribirle una carta al novio de Luz Dary me dijo que para quién escribía, que si para mi novio, me adelanté, sin pensar, a decirle que yo no tenía novio, y como ya el chico me interesaba le conté como obtenía ingresos extras, se murió de la risa y me dijo que lo dejara leer, me preguntó  que si la interesada la pasaba después con su letra y le dije que por supuesto, me preguntó también  que cómo se llama el chico a quien iba  dirigida esa carta y le dije que creía que Alvaro.

La leyó con detenimiento, al final me la entregó con una sonrisa, a propósito le pregunté por su nombre y me dijo Luis, ni nombre es Luis, es decir yo me llamo Luis, y lo dijo con énfasis.

De ahí en adelante la amistad se estrechó y de manera ansiosa me buscaba para que le leyera los encargos que tenía, a veces no eran muchos, pero Luz Dary era quien más requería de mis servicios, Luis leía en voz alta:

“Querido amor, confundo mis días y mis horas, tu ausencia me enloquece, espero con ansias cada noche, verte es mi mayor motivación en mi aburrida clase de Trigonometría”

Luis comenzó a acompañarme desde la biblioteca hasta el lugar donde cogía el bus, a veces me invitada a Coca-cola en una tiendita que quedaba en una casa de gran corredor en el frente, recuerdo que nos sentábamos en el piso y degustábamos lentamente la coca-cola, esperando alargar así los minutos que teníamos, a veces era osado y se subía en el bus conmigo hasta Envigado, siempre llevaba mi mochila y esperaba hasta que yo tomaba el bus de Itaguí.

Cogíamos el bus de Sabaneta en el cuadradero para poder sentarnos juntos, y el sacaba el libro de una autora de poemas que hasta ese momento me era desconocida: Alejandra Pizarnik:

“ Desnudo soñando una noche solar. 

He yacido días animales. 
El viento y la lluvia me borraron 
como a un fuego, como a un poema 
escrito en un muro.”


Te confieso que no entendía un carajo, pero ponía ojos de chocoramo y le decía arrastrando mi tonito, que lindooo.

Yo lo remataba con apartes de mis encargos: “Eres mi cielo, sus estrellas tus besos, tus ojos los luceros que iluminan mi alma, mis días y  mis noches. Estaría en un desierto si desaparecieras de mi vida, cuánto deseo estar a tu lado, por los siglos de los siglos…”

Y él me contestaba con esa dura de la poesía, como la llamaba,  y que era su obsesión:

Enviarás mensajes, sonreirás, 

tremolarás tus manos, así volverá 
tu amado tan amado”


¿Tremolarás? ¡Fue madre! ¿Qué será eso? Me preguntaba, mientras le sonreía y le decía: ¡Vaya, cuando será que escribo así!  Y él me decía que yo lo hacía mejor,  me reía,  por supuesto me sonrojaba y de manera irrespetuosa e irreverente pensaba: ¿Mejor que esa vieja? ¡Cualquiera!

¿Recuerdas el día que Luz Dary llegó con los ojos hinchados de tanto llorar? ¿Recuerdas que te dijo que no quería más ser mi amiga y que decidieras sin con ella o conmigo? ¿Recuerdas que te dije que tranquila que yo buscaba con quien salir a los descansos? En ese momento no supe por qué no quería estar conmigo, supuse que mi última carta seguro no había caído bien, pero pensé que era algo de momento, que ya se le pasaría.

En la tarde, Luis me estaba esperando a la salida de la biblioteca, estaba callado, caminamos hasta la tienda y pedimos las dos Coca-colas, ahí sentados en el piso me dijo que debía confesarme algo, que él se llamaba Alvaro Luis, que era el Alvaro, exnovio, desde el día anterior, de Luz Dary y que había terminado con ella, dejándole en claro que era una farsante, que nada de lo que escribía le salía a ella del corazón y que estaba enamorado de mi.

No sé cómo me paré de ahí, corrí hasta el paradero aprovechando que él debía pagar las Coca-colas, me subí y no miré para ningún lado, vi que estaba esperando en una esquina y rogué que no fuera a subirse al bus, no lo hizo. Seguí como una autómata todo lo que implicaba llegar hasta mi casa, bajarme en el parque de Envigado, tomar el bus de Itaguí, desmontarme en el asilo y caminar 6 cuadras hasta llegar a mi barrio. No sé cómo no me atropelló un carro.

Al sábado siguiente, en la mañana, le pedí a mi papá que me llevara en su moto a la biblioteca de Sabaneta llevando conmigo  una bolsada de libros viejos de la exigua librería  de mi casa, le rogué a la bibliotecaria  que aceptara esa donación a cambio de las 15 horas que aún me restaban de alfabetización, aceptó a regañadientes.


Desde hace unos años, en los intervalos de mi ya prontuario de relaciones fallidas,   tardes de aburridos domingos recorro las calles de Entreamigos, así se llama el barrio donde quedaba esa Biblioteca, y me quedo largos  ratos sentada en la misma  tienda, que aún permanece, pero mejor surtida, esperando que  Luis o Alvaro o Alvaro Luis aparezca y me invite a una Coa-cola.

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