¿ PAZ? ¡Imposible! En Colombia no hay condiciones, ni ganas
Creo que los medios de comunicación , cometimos un error, entre los muchos que hemos cometido, en esta oportunidad hablo del hecho de vender a la opinión pública la idea de que con la firma del acuerdo de paz con las FARC, se alcanzaba la paz en el territorio nacional. No supimos dimensionar el hecho, era una firma de desmovilización y dejación de armas con un SOLO GRUPO, no hubo acuerdo con el ELN, ni desmovilización o justicia a las bandas criminales, ampliamente conocidas, ni un programa de equidad , oportunidades y empleo para los territorios dominados por esa guerrilla, la de las FARC. Hoy cuando sentimos que hay desgobierno, que no hubo estrategias para el Post-conflicto, los invito a leer una crónica que explica una décima parte del por qué no habrá paz en décadas en Colombia...
Junio 24-25 de 2015, Corregimiento El Aro
del Municipio de Ituango, Antioquia.
Nos habían advertido lo tortuoso del viaje, las
condiciones del camino, el clima, los bichos en fin. Nos habían advertido
incluso que ese camino que íbamos a tomar no era el indicado, que era mejor
llegar por Puerto Valvidia , de allí tomar una lancha, y luego arribar al corregimiento en mula, que
serían sólo tres horas y no cinco como
nos decían saliendo de Palestina, como conocían en la zona el punto de partida
seleccionado ese jueves.
La empresa contratista quería que registráramos
en video y en fotografía las
intervenciones que estaban haciendo en el Corregimiento El Aro de Ituango
Antioquia, especialmente en materia de salud.
Nosotros no teníamos manera de tomar
decisiones, ni de sugerir otro camino, así lo habían determinado los encargados
del viaje, una señora adulta que coordinaba la misión y la enfermera Jefe del Hospital de Ituango.
Tomamos las mulas, el mulero, Esneider bastante
callado, tímido, de pocas palabras y muy, muy joven. Lisbet* era una
chica recién llegada a la empresa
contratista y nunca había montado en mula! Nosotros, Iván, Rafa y yo,
sí teníamos experiencia en ese tipo de trasporte pero máximo tres horas.
Por nuestra falta de destreza, el desconocimiento del camino por parte de las
mulas y la pasividad de Esneider , las
cinco horas se convirtieron en siete.
El paisaje hermoso, como lo es toda nuestra
geografía colombiana, debimos recorrer
cinco montañas para arribar a nuestro destino, lo triste fue que tres de ellas
estaban completamente sembradas de coca, no la conocía, en persona, mis compañeros de viaje masticaron algunas hojas para
mitigar el cansancio, yo ni alientos tenía de poner a funcionar mis enormes
dientes.
Entendí lo insulso de los diálogos de paz en La
Habana, la payasada de un espectáculo que como siempre no conducirá a nada si
al campo, a los campesinos, quienes proveen nuestra seguridad alimentaria, no
se les dan condiciones reales y viables de vida.
Esas montañas llenas de coca podrían estar
llenas de zanahorias, tomates, fríjoles, maíz o plátanos, pero para El Aro no
hay vía carreteable, y sacar en mula estos productos para Ituango o Puerto
Valdivia , por ejemplo, les valdría una fortuna que no alcanzarían a pagar con
lo que lograran vender esas cosechas, ya lo habían probado todo y de diferentes maneras. A la coca
no hay que cuidarla siquiera, ni fumigarla, ni abonarla , ni regarla, sólo
sembrarla y rasparla, y se las recogen sin costo alguno.
Esta situación que es la misma de muchas otras
zonas del país, le plantea a uno una pregunta que se queda sin respuesta :
¿Habrá paz en Colombia, con casos como
este por todo el país?
Después de una parada obligada en una fonda a
estirarnos un poquito y beber lo que fuera helado, retomamos el camino, el
cuerpo poco acostumbrado a estas jornadas se resiente más de lo acostumbrado,
las nalgas por grandes que se tengan duelen, duele la vagina de tanto golpearla
contra el pomo de la silla en las
bajadas , los brazos pasan su cuenta de cobro por la tensión y las manos se
entumecen de tanto tener la rienda evitando uno, de manera ignorante, que la mula
tome el despeñadero que todo el tiempo acompaña el viaje.
Como a las 4 de la tarde avistamos el
corregimiento, en un pequeño valle, pero en lo alto de una de las montañas,
estaba a dos montañas y media! Internamente creí que esa meta me iba a ser
imposible ese día, pero no, por fortuna lo logramos y al entrar por un camino
empedrado y ya perdido entre la maleza algunas personas al sonar de los cascos
de los caballos se asomaron por la ventanas y nos volearon la mano, me sentí
como en esas películas donde los héroes llegan victoriosos y son recibidos por
sus coterráneos con pétalos de flores y gritos, no hubo ninguna de estas cosas,
pero sí una bienvenida cálida por parte de la madre del mulero que nos ofreció
agua, Lisbet y yo la bebimos con ansiedad, pero descubrimos que sabía a humo y
que estaba lejos de estar siquiera medianamente fría.
Eran casi las 6 de la tarde , con poca luz para
iniciar nuestro trabajo de fotografías, video, entrevistas, en fin. El Aro es
un caserío igualito a un pesebre, con una Iglesia enorme para el lugar, pero
sin sacerdote, que se fue porque se cansó de que la gente ni a misa fuera.
Alrededor de su Parque Principal, hay
unas 20 coloridas casitas, todas con la misma arquitectura, una puerta en la
mitad y dos ventanas a los lados. Una tienda en una esquina y justo enfrente
una especie de bar. Al final de mi jornada
periodística solicité en los dos establecimientos un cigarrillo pero no habían, buen trabajo el
de Reina Dolly, que les ha enseñado que fumar da cáncer.
Reina Dolly es una técnica en enfermería que
igual atienda vacas que a mujeres parturientas, llegó hace unos dos años al
Aro, con la misión, por parte del Hospital de Ituango, de brindar una atención
primaria en salud a sus habitantes, la empresa que nos contrató ha apoyado con diferentes recursos este
trabajo. Pero ella ha ido más allá, les ha enseñado hábitos saludables, a tener
cuidado en la preparación de sus alimentos, a ser más aseados e incluso a
resolver sus diferencias de una manera concertada. En El Aro Reina Dolly, es
toda una Reina.
Esa tarde-noche logré hacer gran parte de
nuestro trabajo, pues muchas personas habían llegado de veredas aún más lejanas
a una reunión citada por Reina Dolly, pudimos abordar diferentes temáticas
sobre toda la intervención y entendimos
que en Colombia lo que falta, entre muchas otras cosas, es prestarle atención a
la gente, no es darle, es enseñarle y ya, nadie pide nada material, y menos la
gente del campo, enseñada a trabajar tan duramente como se trabaja la tierra,
a gritos sí, se solicita educación.
Dormimos bien, en parte obvio por el cansancio,
pero también porque Reina Dolly nos acomodó en colchonetas en su Puesto de
Salud. Iván, Rafa y yo estábamos en pie a las 5 de la mañana, porque el mulero
nos dijo que más tarde de las 9 no podíamos salir, de lo contrario devolverse
para él era un peligro, por estos caminos la guerrilla les tiene prohibido a los
campesinos movilizarse después de las 6 de la tarde.
Las imágenes y las fotografías quedaron preciosas,
o lo lejos, en el fondo y en lo alto de una cordillera se observa Valdivia, el
cielo completamente azul nos permitió maravillarnos aún más del colorido de El
Aro, de su única calle bien trazada y del trabajo de Reina Dolly por el aseo de
todas las áreas comunes del caserío.
Le hice notar a Iván, mi camarógrafo, que no
habían gallinas por ningún lado, entonces me preguntó de manera ingenua: ¿ Ay Jefa entonces que fue eso que nos
dieron anoche? A lo que le respondí con naturalidad y entre risas : Pues hombre o era la última que quedaba o
era gallinazo, y ahora estoy convencida porque ese caldo estaba muy oscuro y
las presas algo extrañas! Casi se vomita! Pero lo tranquilicé diciéndolo
que ahora teníamos la ventaja de no contraer cáncer. ( Si…como no? )
Hacia las 9 y 30 de la mañana emprendimos el
viaje de regreso, en mi cabeza todo era ansiedad, mi mula se ranchó apenas
saliendo y lo siguió haciendo todo el recorrido y siempre que veía un portillo.
Tulio, el nuevo o el verdadero mulero, más avezado, la amarró a la suya y así
se le puso tatequieto al
animalito, pero la de Rafa caminaba lento y la de Iván, según él, intentó
morderlo y tirarlo por un volao.
Al cansancio del día anterior se sumó el del
regreso, el calor fue más intenso y la ansiedad hizo de las suyas en la mente,
me sentí enloquecer, perder las esperanzas de volver a casa, me bajé una hora y
media antes de llegar al punto de partida del día anterior, pero las piernas no me respondieron y las
rodillas se me deschonclaron , me
subí de nuevo con algo de decepción de mi misma, de mi estado físico en
decadencia y de mi falta de control mental. Tulio me dijo “ ¡Ay muchacha toy
tan cansao!” y me sorprendí diciéndolo con algo de sequedad : “¡ Si eso es Usted que está acostumbrado,
qué diremos nosotros!”.
Por fin vi en una curva el alambrado de púas y
estacones de madera inmunizada donde el día anterior habían estado las mulas
esperándonos, me bajé con algo de rabia, con tristeza profunda por esa Colombia
ahí en nuestras narices abandonada y dolida. Por personas como Tulio que
trabajan con esperanza de que pronto llegará una oportunidad para ellos. Lisbet
estaba descompuesta, apenas si me despedí de los demás y les di las gracias, no
sé ni por qué. Le pedí disculpas a Tulio por haberle puesto más problema de la
cuenta, a lo que con cortesía de buen caballero respondió que no había sido
molestia, que antes pensaba que le iba a ir peor.
Luego de otras cuatro horas en carro para
llegar a casa, logré darme la ducha que quería y tomarme mi cafecito en pocillo
con paisajes de Holanda, mi preferido. Al día siguiente en la oficina
investigué más sobre la Masacre del Aro, la que a mediados de Octubre de 1997
dejó 17 personas muertas a manos de paramilitares que los acusaron de ser
auxiliadores de la guerrilla, saquearon las viviendas e incendiaron el caserío,
esos métodos que se repiten de la misma manera, solo que en diferentes
escenarios de una gran obra de teatro que se llama Colombia.
El Aro estuvo abandonado por mucho tiempo, en
los últimos cinco años algunos de sus habitantes decidieron retornar, luego de
cansarse de pasar hambre y necesidad en
tugurios o casas de familiares.
Hoy solo desean vivir en esa paz que les
proporciona estar entre las montañas, cultivar productos agrícolas y que les hagan la vía para poder sacar sus
cosechas a los pueblos cercanos,
venderlos y dar mejores oportunidades a sus hijos, muy difícil lograr ese
sueño? Me pregunté con esa rabiecita teñida de impotencia.
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