Don Polo extraña bailar


 

Peque, Antioquia, febrero de 2021

 

Me gusta mucho bailar” me dice don Polo y veo como sus ojos achinados brillan y se intentan ensanchar, luego se ríe, se ríe mucho  y se acomoda su sombrero.

 


Nos encontramos en el Parque/Biblioteca de Peque, en una reunión a la que asiste con el ánimo de “cantarle la tabla “ a sus antiguos vecinos, pero decide “ no encenderle la mecha a nadie, porque ya para qué, lo hecho,  hecho está y yo estoy muy bien en mi finquita”.

Cuando se adelantaban las gestiones para reubicar su comunidad, la idea era hacerlo de forma nucleada, es decir todos para el mismo lugar, diseñaron las viviendas, una escuela, un parque. Pero poco a poco, como se desgrana una mazorca, muchos decidieron no hacer parte de ese nuevo lugar, esto a don Polo y a otras personas les dolió en el alma.

Quedamos entonces de vernos al día siguiente en su nueva casa, como “a las 9 de la mañana” le dice Adriana, quien nos acompañaría a la entrevista, le pregunté a ella que si debíamos caminar mucho, y me dice que no tanto, pero que todo es subiendo. Ese no tanto, no me dejó tranquila.

 


A la nueva casa de Don Polo se llega desde la vía principal, que conecta al municipio con la troncal que conduce al mar. Comenzamos el ascenso y por fortuna encontramos unos bastones de lo más apropiados para apoyarnos y emprender esa mañana de montañismo.   

Adriana nos dijo que debíamos dejarlos en el lugar dónde los encontramos, porque esa es su función:  apoyar la subida de las personas de la vereda.

 


Cata, mi editora, que no le gusta caminar, decidió acompañarnos a Didier, Iván y a mí, para no quedarse sola en el carro, aplaudimos su heroísmo.

En las últimas semanas, dado el que hemos tenido que realizar mucho trabajo de campo, Cata y yo caminamos en las noches hasta que las piernas nos avisan que fue suficiente, asunto que fue aprovechado por Iván para recordarnos en cada pausa que éramos consumadas, léase mejor consumidas, caminantes y que no tendríamos por qué cansarnos.



El recorrido, pese a lo duro del terreno, fue excepcional, paisajes hermosos y un vientecito que nos refrescaba con frecuencia y nos recordaba la bondad de ese clima, Peque es así, ni muy cálido, ni muy frío. Peque es de clima agradable.

Por fin avistamos la casa, y por fin también llegamos, don Polo nos recibió entre risas, nos dijo que ya eran casi las 10 de la mañana, le dije que era mi culpa, que mi lentitud había retrasado el equipo en pleno. Dejamos los bastones dispuestos en un murito, donde Didier me dijo que era el parqueadero de los palos.

Comencé mi entrevista, me contó de Barbacoas, el lugar donde vivía antes de ser reubicado, me dijo que extrañaba la sociabilidad, porque allá se socializaba mucho, todos los días y volvió a reírse, tirar hacia atrás su cabeza y acomodarse su sombrero, me dijo que existían unas 6 cantinas y que como me había dicho el día anterior, le gustaba bastante bailar, que eso era lo que más extrañaba. Le pregunté entonces si ahí en Guayabal, como se llama la vereda,  no había dónde socializar y bailar, pero me dijo que no, que eso estaba habitado por Testigos de Jehová, y que esa gente era como muy seria.

Me mostró su nueva casa con orgullo, vi una ternerita hermosa en el patio y cuando intenté fotografiarla salió corriendo, la seguí y se me dejó venir una vaca inmensa que estaba detrás de la casa, tuve que esconderme en la cocina ¡Qué instinto de protección! Don Polo y su esposa se rieron de mí, y yo también.

Me mostraron los cultivos que tenían atrás de la casa:  caña, café, plátano. Le pregunté si estaba contento y esta vez fueron sus ojos los que bailaron, “Claro que sí” me dijo, “allá se vivía del oro, y eso no es bueno, aquí vivimos de la agricultura, y eso sí que es bueno, todos los días tenemos leche, huevos, tomates y cebollas de la huerta, saqué buen cafecito, unas dos cargas ahora en diciembre y pronto estarán listas las cañas”.

Quizás lo mejor de la finca de don Polo es el paisaje, porque ahí en “La verdadera capital de la montaña” los ojos suelen recrearse de forma excepcional : he contado unas siete gamas de verde, en lo alto de esas exuberantes montañas casi siempre hay neblina y la variedad de árboles, plantas y flores enloquecería a biólogos, agrónomos o forestales.

Nos despedimos de don Polo, tomamos nuestros bastones del parqueadero de palos y emprendimos el descenso, que siempre a mí me parece más complejo que el ascenso. En un recodo del camino don Polo nos despidió con el brazo en alto y la sonrisa dibujada en su rostro, pensé en su cambio de vida, en los retos que implicó, para un minero como él, asumir de la noche a la mañana otro oficio, y en todo lo que seguro extrañaba de su vida anterior: socializar, bailar, compartir…

Entendí entonces la sabiduría de don Polo:  su capacidad de adaptación y  su buen humor. Por eso entre sus vecinos siempre fue un líder natural. Deseé que pronto encontrara un lugar en Peque donde hacer lo que tanto extrañaba de Barbacoas: bailar.

* Fotografías de Didier Molina

Comentarios

Entradas populares de este blog

LA VIDA EN UNA FOTOGRAFÍA

HISTORIA DE UNA PALOMA...DE LA PAZ

QUÉ SABEMOS DE IRÁN