CIENTIFIQUITOS A ORILLAS DEL MAGDALENA
Puerto Nare, Antioquia . Octubre de 2021
Siempre se ha dicho que la educación marca la diferencia entre un buen o un mal futuro, pero yo diría que es mucho más que esto, es, en principio, la calidad de ella, de la educación y, en segundo lugar, la vocación de quienes la ejercen.
En Colombia hay acceso a la educación, porque hasta en los sitios más remotos que he visitado hay una escuela, un docente, hay cuadernos, lápices y borradores, hay, incluso, refrigerio o almuerzo escolar, lo que no he encontrado siempre es calidad y más importante que esto, vocación en los profesores.
Pondré un ejemplo simple de lo que acá expreso, yo puedo decir que fui una chica privilegiada, siempre fui a colegios privados, entonces nunca padecí aquello de los paros escolares por cuenta de que no les pagaban a tiempo a los profesores, es decir no perdíamos tiempo y eso ya era importante. Sin embargo, no puedo decir que mis docentes eran todos de calidad y la verdad pocos, muy pocos, con vocación de enseñar, de transmitir y, lo más relevante: incentivar, motivar, impulsar el amor por el conocimiento.
Recibí clases de inglés desde kínder, así se llamaba el primer año escolar hace como 40 años, hasta noveno grado, dos veces por semana, 2 horas por cada día, es decir 4 horas a la semana de inglés durante 10 años, y ¿Qué sé de ese idioma? Si acaso 20 palabras y cinco frases, es decir, nada que me permita defenderme en un contexto en el que se hable la lengua que nació en Inglaterra.
Nadie puede decir que fui mala estudiante, todo lo contrario, pero afirmo con mucho conocimiento de causa que, si hubiese tenido docentes con vocación, verdaderamente bilingües, en 10 años, durante 4 horas a la semana, tendría que expresarme en inglés mejor que Shakespeare.
Y así en cada área, amo mi profesión, pero la Arquitectura me seduce en todas sus manifestaciones, sus estilos, sus tendencias, la huella que deja como testigo de las creaciones humanas y sus aportes a la historia y al conocimiento de lo que ha significado la vida de los hombres y mujeres me sorprende y llena de emoción. Cada que visito un municipio, una iglesia, un puente, una casa campesina, me fijo siempre en sus construcciones, tomo fotografías a puertas, ventanas, molduras, columnas, domos, en fin. Lamentablemente me dio miedo estudiarla porque los docentes de matemáticas no me permitieron cogerle amor a esta asignatura, sino todo lo contrario, temerle, correrle y hasta odiarla.
Por fortuna hay excepciones en docentes que le permitirán a Colombia, pronto, destacarse en ciencias que creíamos exclusivas de los chinos o los japoneses: la robótica. Y esta excepción no se da en un encumbrado colegio de Bogotá o en uno campestre y exclusivo de Medellín, no, se da en la institución Educativa, de carácter público, de Puerto Nare, en el Magdalena medio antioqueño.
Allí, Carlos Alberto Ruíz, el
profe de Matemáticas, ha logrado con su amor a la docencia, con su consciencia
de cambio desde la educación, con su cariño a los jóvenes, incentivar el amor en
sus alumnos por el área de los números, las ecuaciones y las fórmulas. Así
comenzó a recoger chatarra, sí chatarra, por todo el municipio: carritos
viejos, pilas, latas, alambres, interruptores y tomacorrientes para crear un
semillero de robótica que hoy más que una clase obligada, es un disfrute, una
diversión, una forma de entretenimiento entre sus chicos y chicas.
Al entrar al semillero encontramos carros movidos por controles remotos, fabricados con circuitos clavados en lo que fuera una gaseosa enlatada, un tablero que detecta problemas del corazón de acuerdo con las palpitaciones de éste, brazos mecánicos que reemplazan los humanos para determinadas tareas. En el momento todos trabajan en la fabricación de un Sonar, con el que pretenden detectar los bancos de peces y así contribuir a la actividad pesquera, tan importante en su municipio.
De tanto jugar con
circuitos, bombillitos e interruptores, se me antojó que todos tienen cara de
cientifiquitos. Cientifiquitos de 8 a 15 años. Son jovencitos todos y
muy comprometidos con lo que desean hacer a futuro: aportar al país desde la
ciencia, diseñar soluciones que generen calidad de vida.
La vocación de Carlos Alberto lo pone a pensar a uno sobre eso que marca la diferencia entre educación de calidad y educación. Yo insisto en que es la vocación. Según el diccionario de la RAE vocación es: “Llamado, inspiración, inclinación o interés para dedicarse a una forma de vida o al ejercicio de un oficio o profesión”. He conocido profesores que dicen ejercer su actividad porque no encontraron algo mejor qué hacer, porque no obtuvieron un mejor empleo, porque de algo deben vivir. Cuando no es la inspiración la que mueve nuestra vida, ésta va perdiendo sentido. Cuando no es la inspiración por un país mejor, lo que mueve el trabajo docente, seguiremos patinando en las mismas situaciones y ocupando los mismos lugares en las pruebas pisa.
Carlos Alberto ha hecho suyo el futuro del país y decidió moldearlo a través de sus alumnos, dándoles lo mejor de sí e incentivando en ellos la avidez por la ciencia.
El profe Carlos Alberto
es pura inspiración.
Felicitaciones. Me consta su entrega y carisma
ResponderEliminarFelicitaciones Carlos Alberto 🙏👏
ResponderEliminarQue artículo tan ubicado, real y que despierta conciencia sobre la importancia de, no solo ser docente, sino "Maestro". La diferencia entre ambos está el lo que allí se menciona: " La vocación". Felicitaciones a su autora. Totalmente de acuerdo con todos sus argumentos.
ResponderEliminarGracias por este comentario y por tomarse el tiempo para leerlo
EliminarHay genios que aprenden observando, otros menos iluminados necesitamos instrucción. Pero hay instructores que son verdaderos genios, no solo por el conocimiento, sino por la forma de compartirlo. Ellos son los creadores de patria, de progreso, de una sociedad sólida.
ResponderEliminarTambién hay comunicadores con talento, que con su labor, multiplican las semillas de la inspiración, el entusiasmo, la creatividad y el buen hacer. Si cada uno de nosotros, en nuestro terreno, entregáramos nuestro talento y energía, no por el sueldo o el reconocimiento que podamos recibir, sino con la consciencia de que estamos construyendo un entorno mejor, las fronteras del paraíso quedarían bajo nuestros pies. Felicitaciones a los talentos anónimos. No hay héroes más nobles.